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LUCILENE MACHADO SCRIVE PER MARENOSTRUM PDF Stampa E-mail
Scritto da Redazione   
Giovedì 19 Aprile 2007 19:50
UNA BRASILIANA NELLA REDAZIONE DI MARENOSTRUM - DA OGGI SERVIZI E REPORTAGES DALLA COMUNITÀ ITALIANA DEL BRASILE

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Lucilene Machado
Nata nel 1965, Lucilene Machado è laureata in Filologia e corso post lauream in letteratura brasiliana. Membro dell'Accademia di Letteratura dello Stato del Mato Grosso do Sul, è stata redattrice del periodico brasiliano "Correio do Estado".

È professoressa all'Università per lo sviluppo della Stato e della Regione del Pantanal - UNIDERP.

Ha approfondito gli studi a Madrid nell'Università Complutense.

Ha pubblicato quattro romanzi: Plantula (1999) - O gato pernóstico (2000) - Fio de saliva (2004) e Claricianas (2007).

Lucilene inizia la sua collaborazione con un racconto in castellano: Hilo de saliva.

 

A la hora de la salida, en virtud del tumulto en el estrecho corredor, perdí un aro. Este cuento comienza por el medio porque no me gustaría explicar cómo una mujer enfrenta la calle, gana las esquinas y llega sola al cine, viernes por la noche. Mucho menos quisiera describir los espejos en los que se miró antes de ese momento.

El hecho es que yo estaba ahí, de bruces, tanteando la alfombra roja en busca de la joya. Algunos hilos de luz entraban por el corredor, pero no eran suficientes para encontrar el aro.

Nerviosa y sin mayor perspectiva, oí una voz masculina: “Usted está precisando ayuda”. “¿Puedo saber por qué?” pregunté en tono amargo, sin levantar los ojos. “No sea irónica, es evidente su estado”. “Es que perdí un aro...” dije, refregando el brazo en la nariz, intentando evitar una inevitable andanada de estornudos. “¡Alergia! Espere en la entrada mientras yo se lo busco” se dispuso él, amablemente.

Vi una silueta alargada en la sombra de la pared y me produjo aprensión. Qué tontería estar aprensiva, pero estuve. La intuición me decía que era un bello hombre, y las mujeres son demasiado vanidosas para ser sorprendidas en situaciones de vulnerabilidad. Las mujeres deben ser fuertes, por lo menos en apariencia.

Y yo estaba, literalmente, al ras del piso, palpando el lugar donde las personas pisan, intentando recuperar mi autoimagen, autoestima, y también un aro. “¿Por qué protegerme? No hace falta ponerse paternalista”. “Quédese tranquila. Soy un pésimo padre”. “También yo soy pésima madre” respondí desarmada, recordando toda mi ineficiencia.

Refregué la mano en la nariz que estaba chorreando. Sentí vergüenza, humillación, ganas de llorar, de salir corriendo... “¿Por qué tanta inseguridad?” “¿Tan evidente es? Pensé que lo disimulaba bien.” “Y lo disimula. Es que tengo un radar para detectar personas inseguras. Tenemos un punto de identificación inmediata. Tu no pasarías desapercibida para mí.” “¿Eso es un elogio?” “Una atracción.” “¿Pretende que yo me sienta atraída por ti?” “Ya lo está” –dijo, tomando una de mis manos y colocando sobre ella mi joya perdida. Sonreí espontáneamente. Una pérdida menos en mi vida.

Agradecí y seguí rápidamente por el pasillo de salida. Ya en el hall iluminado, su brazo me detuvo: “¿Tu no vas a huir así, o sí? ¿Podríamos tomar un café?” Volví el rostro y quedé impresionada: ¡ Dios! Aquel hombre parecía salido de la pantalla. Su mirada, su boca... ¿Sería ficción? La primera palabra que me vino a la cabeza fue beso. Todos aquellos besos del argumento. No, no era beso la palabra, era dolor. Tragué en seco. Una bola era enviada de la garganta al estómago. No conseguía discernir si él era el muchachito o el villano. Gusto de sangre en la boca. Claro que yo debería tener el tino de no aceptar. No había la menor duda de que él me iba a hacer mal.

Por cierto me llevaría a un lugar desierto y me daría un golpe en la cara, rompería mis dientes, o en una actitud más atrevida pondría una navaja en mi yugular y me haría sangrar... ¡Dios, precisaba huir! Pero, ¿Si él me besara con furia, chupase mi lengua como queriendo tragarme toda, proporcionándome el paraíso en el cielo de su boca? La vida está hecha de riesgos –decía mi lado romántico. Muchas tragedias podrían ser evitadas si las personas fuesen más prudentes –interactuaba mi lado racional. Placer y muerte era una cuestión milimétrica.

Pero yo ya sabía el final de esa película: las mujeres no resisten una mirada apasionada. ¿Estaría él enamorado? No. Obviamente no. Pero sabia actuar, era un actor. Lo miré, accioné el zoom e hice foco en la mirada. Ojos rasgados fascinantes. Ojos de resaca, diría Machado de Assis. Las pupilas levemente dilatadas. Parecía pedir compañía, carencia afectiva... de repente unas ganas de acariciarle el rostro, de rasparme toda en su barba mal afeitada... en los 69 canales de mi cabeza la misma banda sonora: You are so beautiful. No, esa era otra película. ¡Un tiempo, please! ¿Él ambicionaba mi amor? Sus ojos parecían implorar eso. Ni falta que hacía, ya estaba loca por él. Ya estaba poseída por un deseo irresistible de conocerlo.

Quería saber si él ya había amado, si ya había sido feliz con alguien, qué dolor le había dejado aquella marca en la frente, qué amargura había dejado aquel punto triste dentro de los ojos... debería ser eso lo que él llamó “nuestro punto de identificación inmediata”. No, yo no estaba atraída, estaba medio hipnotizada. Mis piernas enviaban al cerebro mensajes de que yo no conseguiría salir del lugar. Él sonrió con timidez. ¡Dios! Una sonrisa encantadora, mas no conseguí responder. Él sonrió de nuevo. “¿De qué te ríes?” “De sus posibles pensamientos.” “Agrégueles la posibilidad de que tu seas un asesino.” “¿Crees que tengo cara de asesino?” “Ellos nunca tienen una cara específica.” “¿Y si tu fueses la asesina?” “Tu corres el riesgo de ser muerto.” “Bueno, por lo menos seré muerto por la mujer que deseo.” “¿Usted me desea?” “Mucho. Pero puedes estar tranquila, no estoy proponiéndote sexo, apenas te propuse un café.” “¿Y si fuese el sexo mi único interés?” “Tengo la certeza de que no es así. Voy a atraparte con un hilo de saliva.” “¿Puedo hacerte una pregunta objetiva?” “¿Y yo puedo hacerte una pregunta objetiva?” “Pregunté primero...” “Diga” “¿Tú crees que me vas a besar?” “Tengo la certeza. Hay cosas que no nos cabe a nosotros decidirlas. Estamos condenados a ellas.” “Entiendo. No fue tu elección tomar café con una mujer como yo... que anda palpando el suelo, llora, se limpia la nariz con la manga... muestra una fragilidad singular para un mundo como este que reverencia a las Madonas y las Sharon Stones...” “¡Qué tonta eres!” ¿No comprendes que justamente eso te convierte en una autenticidad en este mundo de excesos?” “¿Tan poco te hace falta para alimentar tus fantasías?” “No, también tengo mucho interés por tu lado oculto.” Sin reflexionar mucho, acepté la invitación.

El fracaso está contenido en el éxito. El peligro en lo sublime... todo contiene a su opuesto, ser corajudo es hacer aquello a lo que se teme. Decidí correr el riesgo. Él me tomó de la cintura y caminamos en procura de un lugar adecuado. Lloviznaba y las personas pasaban apuradas con sus paraguas coloridos. Los coches con los vidrios empañados casi tocaban nuestras ropas. Él apretó mi mano firmemente, volvió a sonreír y corrimos en cámara lenta debajo de la lluvia. Nada parecía real. Realidad y ficción perdían el sentido. Allá estaba yo danzando en la lluvia. “¿Singing in the rain?” ¡¿Quién no ha ensayado ya ese guión?!

Pero lo que yo estaba haciendo era bailar sobre un hilo en el límite entre “ser” y “no ser”. Una película sin espectador. Seríamos nosotros los únicos testigos de lo que fuese a acontecer. Nuestros ojos registrarían los dígitos de los sistemas computadorizados de nuestras mentes. ¿En qué parte del cerebro quedaría registrado este guión? No quería programar eso ahora. Cualquier gesto impensado podría hacer escapar aquel instante. No osé decir una sola palabra. ¡Sístole! ¡Diástole! Articulaciones y músculos, prepárense que estoy lista para enamorarme, o para herirme... ¿Son cosas distintas? Quería ser como Cecilia Meireles: “Aprendí con la primavera a dejarme cortar y a volver siempre entera”.

Pero no me enrolo en esas generaciones modernistas, vuelvo con cortes profundos y cicatrices definitivas. Las puertas del bar se abrieron automáticamente. Nos sentamos en la primera mesa vacía. El extraño secó mi rostro mojado por la lluvia. Un extraño que me hace pensar cosas impensables. Tal vez sea todo cine y en un encender de luces todo se desvanecerá. ¿Pero qué importancia tiene? ¡Cuánta cosa en la vida aparece por la mañana y desaparece por la tarde! Es posible que él sea un pasaje transitorio. Temporario como el protagonista del film que deja de existir en la última toma. Pero ahora era como si las luces y las cámaras existiesen en función de nosotros, de nuestra historia efímera y tenue. Él me miró con un silencio profundo. El silencio de los inocentes. Me sentí incómoda. Con el pensamiento supliqué “¡Apúrate, amor, que mañana me muero, que mañana muero y no te escucho!”. Casi dije estos versos de Cecilia Meireles en voz alta, pero tuve paciencia para esperar mi momento de hablar. Nos sentamos próximos como en los comerciales de crema dental. Su aliento a menta se pegó en las paredes de mi cerebro. “¡Eres muy linda! No sé cómo conseguí esperar dos horas para aproximarme.” Eso no estaba en el argumento.

De repente, nada era casual y yo estaba envuelta en una trama previamente armada. “¿Estabas observándome?” ¿Y el aro, no fue casualidad? “Ese es el secreto de la trama.” ¡Caray! Cómo comportarse delante de alguien que acaba de invadir nuestra vida, de dejarnos confusos, perplejos, vulnerables... nos obliga a esculpir nuestra historia y lo peor es que uno osa pensar que la vida sin ese sujeto no tendrá más sentido. Yo debería preguntarle si esa trama tiene final feliz. Pero él podría pensar que tengo miedo de perderlo. Sería firmar el acta de mujer conquistada. No, él no puede saber que lo poquito de lucidez que me resta ya está tirado a sus pies. Mejor no hablar mucho para no demostrar vulnerabilidad. Mejor no mirarlo a los ojos. Después de los treinta, una mujer es capaz de prever, desde el inicio, el grado de compromiso y el papel ridículo que va a hacer. Va a decir sí en todas las escenas. ¡Dios! Si él descubre mi potencial dramático vamos a superar a “Lo que el viento se llevó”. ¿Debo poner cara de “Novicia Rebelde”? Tal vez todo ese romanticismo esté fuera de moda. Julia Roberts en “Pretty woman” debe sonar más moderno. ¡Ella, con su mirada de seis de la tarde en un cuarto de suburbio... él escalando el edificio con flores en las manos! Ella con una sonrisita falsa de quien podría pasar el resto de su vida sin él. ¡Que él se esfuerce! ¡No, mil veces no! Soy más parecida a La Dama de las Camelias. Tengo ese romanticismo de final de siglo. Leí mucho a Víctor Hugo, Gonçalvez Dias, Shakespeare... se mata y se muere en nombre del amor. La locura de Byron y de Álvarez de Azevedo me contaminó muy temprano. Locura, era eso.

Sólo una loca podría tener un acceso de pasión tan fuera de tiempo. “¿Debo considerar eso un enigma?” “Descíframe o te devoro.” “Ay, Dios Padre, ¿Por qué esta vida exige ser descifrada?” “Voy a precisar un estímulo para develar este misterio de esfinge.” “¿Y si yo te confesase que pasé la mitad de mi vida buscándote?” Finjo no haber quedado impresionada e intento dejar entrever que invitaciones para un café surgen siempre. Basta con que haya mejor clima. Las lluvias propician esos encuentros en bares antiguos con piano de fondo, a veces un saxo... ¡Después, hay “tantos” hombres románticos queriendo el papel principal en la historia de mi vida! Mejor poner cara de difícil. “¿Y qué fue lo que hiciste en la otra mitad?” “¿Prometes no ponerte celosa?” “¿Celosa, yo? ¡Imagina!” “Estás mintiendo.” “¿Cómo puedes afirmar que estoy mintiendo?” “Por la forma en las comisuras de tu boca se van inclinando para abajo” –dijo, recorriendo lentamente, con el dedo índice, el dibujo de mis labios. Era un camino peligroso. Un campo minado. Los polos se están inclinando. Ganas irresistibles de cerrar los ojos y chupar su dedo. Hilo de saliva... ¡¿Por qué no me besaba ahora?! ¡Qué ingenuidad! Fue la primera intención del pensamiento, o del deseo. Él no me besó.

Quedé ligeramente avergonzada. ¡¿Celos?! Claro que no había celos reales, pero sí había celos retrospectivos de alguna mujer que él amó en la otra mitad de su vida. Un hecho pavoroso y cierto. Era imposible que un hombre de esa edad no hubiese amado. Ya debía haberse enamorado de una profesora, de una periodista, una médica que creyó ser su gran amor... o podría haber amado con gran intensidad a una adolescente de piel fresca, el perfume de la juventud... desde pequeño estaba inclinado a amar. Aprendió muchas estrategias de conquista y ahora las ponía en práctica. Probablemente muchas de esas mujeres habrán perdido un aro. Se cambian los personajes, pero la historia es la misma. El amor se repite descaradamente. Hasta el texto es igual. “Te amo como nunca amé a nadie”, “te amaré para siempre”, y en el final un telón cae con un The End enooooorme. “El café...” “Con crema, por favor.” “¿Tú te enamoras siempre?” –pregunté. “Sólo de mujeres inteligentes.” “¿Crees que yo sea inteligente?” “Estoy seguro que sí.” “¿Cómo puedes tener la certeza sin siquiera conocerme?” “Los labios... labios finos denotan inteligencia.” “¡Qué pena! Pensé que los labios sugerían otra cosa.” “La ironía es un escudo que no sabes usar muy bien.” “Todas las grandes inteligencias fracasan.” “Dios permita que continúes fallando... cometiendo errores, fracasando... las personas perfectas son insoportables... ¿Puedo hacerte una pregunta objetiva? “¡Oh, perdón, me había olvidado!” “¿Aceptarías una invitación a cenar?” ¡Eso es lo que yo llamo ser sorprendente!

Tantas posibilidades pasaron por mi cabeza. Pensé que tendría que optar entre un sí y un no. Momento de elecciones. Aquellas bifurcaciones donde los débiles son eliminados. Definitivamente nunca fui una mujer objetiva. Nunca tuve la dulzura seductora de las mujeres modernas que saben lo que quieren y por qué lo quieren. Soy una Alicia que sufre de soledad en una ciudad de dos millones de habitantes. Vivo protegiéndome de la dulzura y la brutalidad del amor. Y el mundo es de quien se expone, de quien tiene la piel endurecida por la exposición. Las especies más antiguas son las de las tortugas y yacarés. Mi piel delicada no soportaría el sol del mediodía. De cualquier forma, escuchar la tal pregunta objetiva me hizo feliz. Una decisión fácil de ser tomada. “Claro que sí, tu presencia me agrada.” “¿Puede ser mañana por la noche?” ¿Por qué no aceptar? No había ningún motivo para prorrogar un segundo encuentro. La espera era un mito ya superado. Algo creado por las mujeres y para ellas. No quería ser, a esta altura de la vida, una Penélope tejiendo y destejiendo el hilo de la vida, mientras los Ulises tejen hilos de saliva. “Es posible que sí.” “Preciso una garantía.” “¿Inseguro?” “Probablemente.” “Doy mi palabra.” Él sacó del bolsillo una pequeña caja que contenía informaciones detalladas y la dirección para que llegase al restaurante. Agradecí y pedí que no se preocupase, yo conocía bien la ciudad. Estaría allí en el momento combinado. De repente, él hizo ademán como de quien va a levantarse y dijo: “Es tarde, voy a dejarte en tu casa.”

Cuando llegamos a mi casa, dije, por pura delicadeza: “¿No quieres entrar?” En el fondo tenía miedo de que él aceptase. “Esta noche no.” Ya iba a entrar cuando él me tomó de nuevo por la cintura. Era un poder que me petrificaba. Volvía la sensación de que nada era real. Miré interrogativa sin lograr sonreír. Él sonrió. ¡Dios! Qué suerte encontrar aquel hombre. O que aquel hombre me haya encontrado. Se aproximó aún más y comenzó a lamer mis labios. Un delicado hilo de saliva circundaba mi boca. “Estamos unidos por este hilo de saliva” –susurró en mi oído. “Ya es bastante” –conseguí responder. Él apretó mi cintura con sus manos y me besó casi con violencia. No sé cuánto tiempo duró ese primer beso. Después vino el segundo, el tercero... y por fin él se retiró dejándome la sensación de que quería decirme algo más, aunque no lo hizo. Me desperecé en la cama. Estiré los brazos, las piernas, di una vuelta carnero y pensé: ¡Cómo es la vida de sorprendente! Fui al baño a cepillarme los dientes y percibí que los pelos de mis cejas estaban saliendo. Eso se vuelve perceptible cuando estamos amando. Aproveché para depilarme y pasé sobre mi rostro una máscara verde para mejorar el aspecto de la piel. Quería deshacer la impresión del primer encuentro. Aquella cara llorosa... ojeras... él iba a percibir una sensible mejora. Mientras la máscara hacía efecto, abrí la cajita para verificar el restaurante elegido. Ciertamente era un hombre de buen gusto. De buen gusto y, por sobre todas las cosas, sorprendente. Me asusté con lo que encontré.

Un fólder de un restaurante francés que pecaba de un detalle, estaba ubicado en París. Debajo del folleto, un pasaje de avión para la ciudad luz a mi nombre. ¡¿Cómo supo él mi número de pasaporte?! ¿París? Gustave Flaubert... Madame Bovary, realismo a grito pelado. Toda mujer tiene una geisha queriendo aflorar. Fue el film prohibido que vi en la adolescencia. Una mujer que manifestaba sus deseos sexuales. Pobre, murió con su propio veneno. No va conmigo, mujer juiciosa que soy. Pero la idea de estar en París me seducía. Yo, caminando por las calles con el rostro escandalosamente descubierto. Las mujeres amadas se sienten así, desgraciadamente bonitas y exhibidas. Siempre envidié a las mujeres amadas. Todos los hombres las miran. El aroma del amor no pasa desapercibido a los machos. Pero yo sólo quería la mirada de él, aquella delicada contemplación por el resto de mi vida... Pero yo era apenas una muchacha con el rostro embarrado de una flema verde y que tenía dos horas para alcanzar el vuelo para París. Dios, Europa es muy lejos. ¿Debería arriesgarme? Tenía que pensar rápido. El crimen.

En los filmes estos suceden después de un largo viaje. Fui tomando una ducha mientras mis pensamientos se embrollaban. Mi cerebro fallaba, mi corazón también. Señor, has de mí una persona equilibrada y prudente. Líbrame de la tragedia, del maligno, amén. Vestida de coraje, tomé mi pequeña maleta y corrí tras el primer taxi. En el aeropuerto parecía que todos me miraban. Mis pasos se fueron haciendo pesados. Las cosas se volvieron confusas. ¿Dónde estaría él? Preciso ayuda, por favor ayúdenme, preciso tomar aquel avión, aquel que está en el medio de la pista... Refriego los dedos en mis ojos y veo trazos metálicos, luces y reflejos como de una TV sin señal. Una mano masculina toca mi cintura. Una mujer siempre percibe cuando es tocada por una mano masculina y observa y está alerta... aquella cara no me era extraña. Friego de nuevo mis ojos, limpio mi boca que tenía un hilo de saliva colgando... ¿Hilo de saliva? “Señor, por favor, ayúdeme, tengo que alcanzar aquel vuelo.” “¿Vuelo? Usted está en el cine... la película terminó hace algunos minutos... usted se quedó dormida...” “¿La película terminó? ¡¿Pero... cómo?!” Mi interlocutor tenía una voz conocida, pero yo estaba demasiado confundida como para darme cuenta. “Déjeme que la ayude” –ofreció él. “No, no preciso ayuda. Nada más estoy buscando mi aro, que se debe haber caído por aquí...”

Lucilene Machado


Ultimo aggiornamento Giovedì 19 Aprile 2007 20:34
 

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