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El ritmo de la tierra. Paisaje holandés del siglo XVII y americano del siglo XIX PDF Stampa E-mail
Scritto da Giuseppe Di Claudio   
Venerdì 20 Settembre 2013 23:46

El Museo Thyssen‐Bornemisza presenta a partir del 24 de septiembre la séptima entrega de la serie Miradas cruzadas, dedicada a la representación del paisaje en dos épocas y lugares diferentes.

 

Bajo el título El ritmo de la tierra. Paisaje holandés del siglo XVII y americano del siglo XIX, la muestra reúne una selección de diez obras del Siglo de Oro holandés y de pintura norteamericana del siglo XIX, escuelas, ambas, que cuentan con una presencia destacada en las colecciones permanentes del Museo.

Será, como siempre, en el balcón mirador de la primera planta y con acceso directo y gratuito desde el hall central. Esta nueva instalación muestra la influencia que el paisaje holandés tuvo sobre el americano, un tema que ya apuntó en 1980 la historiadora del Arte Barbara Novak en uno de sus libros más conocidos, dedicado a la pintura norteamericana de paisaje entre 1825 y 1875, cuando en Estados Unidos se pudieron contemplar obras de grandes paisajistas holandeses.

Ambas escuelas, con diferentes estilos y lenguajes artísticos, eligieron el paisaje como género pictórico fundamental de sus obras, convirtiéndolo los primeros en un género independiente y los segundos en un medio de expresión de profundos sentimientos.

Organizada en torno a cuatro apartados ‐La tierra sin límites, Naturaleza rural, En el camino y Rincones de bosque‐, la muestra descubre analogías y divergencias en la interpretación que del paisaje hicieron los artistas holandeses Philips Koninck, Jan Josephsz. van Goyen, Jan Jansz. van der Heyden, Aert van de Neer y Meindert Hobbema y los americanos William Louis Sonntag, George Henry Durrie, Albert Bierstadt, Asher B. Durand y John Frederick Kensett.

La tierra sin límites

Dos grandes lienzos abren la instalación con panorámicas de horizontes infinitos, un formato de paisaje que interesó a numerosos artistas: Vista panorámica con ciudad al fondo (1655), de Philips Koninck, y Pescadores en los Adirondacks (c. 1860‐1870), de William Louis Sonntag.

Separadas por dos siglos, ambas pinturas comparten una perspectiva elevada e introducen elementos que dejan entrever la presencia humana: los campesinos, las casas y el atisbo de una ciudad en el paisaje holandés de Koninck y los pescadores y la cabaña en las montañas estadounidenses reflejadas por Sonntag. En ambos casos, además, al difuminar los últimos planos consiguen que las vistas parezcan infinitas, fundiendo el cielo y la tierra en la lejanía o empleando la niebla como recurso.

Las nubes grises, el de la sidra, 1863. azote del viento y la casa semiderruida de la pintura de Van Goyen reflejan una dureza que contrasta con la luz, el orden y la tranquilidad que transmite la escena campesina de Durrie. La escasez frente a la abundancia en dos interpretaciones del mundo rural.

En el camino

Los senderos transitados fueron también fuente de inspiración para los artistas holandeses y norteamericanos. Jan Jansz. van der Heyden eligió una sinuosa vereda para plasmarla en su obra (imagen superior de la derecha), mientras que Albert Bierstadt se centró en una amplia avenida de las islas Bahamas para la suya. Coinciden, sin embargo, a la hora de situar a varios transeúntes recorriendo sus caminos y en el empleo de la luz para destacar estas sendas. En el caso de Van der Heyden, quedan iluminados el cruce y la arboleda. Bierstadt, por su parte, deja que el sol penetre entre las copas de los árboles para destacar una vía que se pierde a lo lejos, germen de las carreteras que se convertirán años después en

El último apartado de la instalación remite a la variada naturaleza presente en los bosques. Los dos lienzos norteamericanos, de Asher B. Durand y de John Frederick Kensett, cuentan con un formato vertical en el que los artistas dan todo el protagonismo del paisaje a altos árboles de bosques cerrados, que ocupan el lienzo de arriba abajo.

Las obras holandesas de Aert van der Neer  y de Meindert Hobbema  son, por el contrario, horizontales, lo que permite que la arboleda sea más abierta y se vea una mayor porción de cielo y nubes, que comparten protagonismo con la vegetación. El elemento común en estos cuatro paisajes es la presencia del agua, con menor superficie en el caso de las pinturas norteamericanas que en las holandesas, en las que se funde con la tierra.


Ultimo aggiornamento Sabato 21 Settembre 2013 00:13
 

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