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La prima de América PDF Stampa E-mail
Mercoledì 17 Febbraio 2010 11:00

Desembarcó inseguro, siguiendo a una pareja que también debía recoger sus maletas, no podía perderse si sólo reconocía algunas caras que lo habían acompañado durante el viaje, así que mantuvo fijamente la vista sobre esa gente.

 

No sabía que debía mirar las pantallas, pero no obstante, no hubiera podido descifrarlas con todos esos números, colores y sobre todo con ese constante movimiento y cambio de datos. Era demasiada modernidad para alguien que las únicas funciones del teléfono celular que conocía, eran presionar la tecla verde para recibir una llamada y cortar apretando la roja. Tenía en su memoria dos de los cuatro únicos números a los que llamaba, mientras que los otros dos los leía de un papel que llevaba siempre en la billetera.

Deteniéndose junto a la pareja, esperó impacientemente al lado de ese carrousell mágico que a sus cuarenta y ocho años era la primera vez que veía, mientras rogaba que su valija llegara antes que la de sus guías, para poder continuar persiguiéndolos hasta la salida y no tener que preguntar sin conocer la lengua del lugar.

Tuvo suerte, así que luego de una breve caminata atravesó la puerta que daba a la sala de espera para las llegadas y, siempre detrás de la pareja, se encontró en el exterior del edificio en la parada de los taxis. Entre la multitud su prima no lo vio pasar y siguió esperándolo. Luego de un rato a la intemperie se sintió perdido, su corazón se aceleró y marcó de memoria y sin fe, el número de su prima en su viejo teléfono que mágicamente funcionaba en un país extraño.

Cuando ella le preguntaba dónde estaba, él respondía ‘en el aeropuerto, en la salida’ y cuando ella intentaba saber qué cosas veía a su alrededor, él no le permitía hacer la pregunta y la interrumpía repitiendo ‘en el aeropuerto, en la salida’, pero luego de la cuarta repetición ella le gritó ordenándole que se callara y escuchara, a continuación de lo cual él dijo ‘hay muchos taxis’.

Con los brazos abiertos y sonriendo quiso saludarlo, pero él sin decir ni hola y eludiendo su mirada, comenzó a explicar al menos cuatro veces seguidas lo acontecido. Hablar así, sin descanso, pisando el inicio de cualquier frase de su interlocutor y en voz muy alta, pretendía disimular su profundo temor al ridículo.

Los abrazos en público le parecían pecaminosos y sentía que si sostenía una mirada femenina, ella y los de alrededor notaban sus fantasías.

Su pariente lo recondujo hacia el interior del aeropuerto y le señaló el lugar donde la próxima vez debería esperar, pero él sin escucharla y sin mirar lo que le señalaba, continuaba con su incesante y calcada explicación.

El primer día se caracterizó por la entrega de los regalos que el resto de la familia mandaba, el reconocimiento de su habitación, su estante en el cuarto de baño y las comidas.

A pesar de que su prima le había dicho que se sintiera como en su casa y le entregó un juego de llaves, durante toda la estancia no dio un paso sin pedir permiso y no fue capaz de preparase ni un café por sí solo.

El silencio lo incomodaba, por lo que ininterrumpidamente hacía comentarios redundantes y pueriles; se levantó muy temprano cada día de sus vacaciones y con excusas triviales como ‘quería saber si te encontrabas bien’, despertaba a su prima quien disfrutaba de dormir hasta tarde, especialmente cuando no debía ir a trabajar.

Su interés en el viaje se centraba únicamente en esa mujer a la que amaba desde hacía muchos años, cosa que ella toleraba porque al fin y al cabo él era de la familia y casi como un imberbe. Se enamoró a través de una foto y fue consolidando su amor en fotos sucesivas. El padre de ella y la madre de él eran hermanos que fueron separados por una posguerra de pobreza extrema, por la que el hermano cruzó el océano de polizón en un barco, para “hacer la América” y luego mandar a buscar al resto de su familia, pero pasaron 37 años y murió sin hacer la América, ni volver a ver a su gente.

El intercambio epistolar era profuso al principio y escaso hacia el final, las palabras eran reiteradas, convencionales, sin profundizar en nada, pero cada tanto se matizaba el tedio con alguna fotografía de eventos, generalmente religiosos. Los primos se iban conociendo por esos iconos que podían compararse cada año y eso era lo único que unos sabían de los otros. Nunca se escucharon las voces, no se vieron en movimiento a través de alguna filmación y nunca se tocaron.

Él comenzó a enamorarse poco a poco de esa ya no tan niña, siempre sonriente, de piernas torneadas, manos grandes y pelo negro, que a veces escribía un par de líneas al final de las cartas que su padre mandaba. A hurtadillas robaba el álbum familiar para mirar las diversas caras de esa morena de dientes perfectos, a la que cada año le aparecía un nuevo brillo en los ojos y una nueva onda en el pelo. Oculto en su habitación sin ventanas de un metro cincuenta por dos y medio, se mordía los labios para no ser escuchado por sus padres y sus hermanas que dormían, todos en una misma habitación sin puerta, a menos de cuatro metros de su cubil. No es que fueran pobres, sólo que la privacidad era sospechosa. Los lugares donde trabajaba como carpintero, tanto su taller como el depósito, eran propiedad de la familia, además de amplios y luminosos, pero a la casa le faltaba espacio, luz, intimidad y funcionalidad. No es que fueran pobres, sólo que el confort era un pecado de soberbia. Un día, ya muerto su tío hacia muchos años, recibieron una carta de esas tierras lejanas anunciando la visita de su prima convertida por entonces en toda una mujer; la familia se revolucionó, los preparativos fueron infinitos y su corazón latía fuertemente cada vez que releía la carta.

Cuando por fin llegó no podía creer cuanto más bella y vital le parecía en persona, pero estaba claro que habían crecido en mundos diametralmente diferentes; ella había ido a la universidad, hablaba tres idiomas, viajaba sola por el mundo y olía de maravilla. Nadie en ese pueblo de montaña, donde había pasado toda su vida sin hablar más que un dialecto, olía así. Ella entraba a cualquier bar de los escasos del pueblo si le daba la gana de beberse un café o refrescarse, sin reparar en que era indecoroso y él se veía obligado a seguirla sin que ella lo notara, y a aparecer como de casualidad para proteger el honor de la familia. Era fundamental que los hombres del lugar no creyesen que estaba disponible, aunque lo estuviera. Notó que daba abrazos sin miramientos, que lloraba con facilidad recorriendo los espacios donde su padre había crecido, y que hablaba de amor con la misma libertad con la que hablaba de trabajo.

Evidentemente América era un continente de libertinos, pero a pesar de eso él no podía evitar quererla cada día un poco más, especialmente cuando se percataba de la mirada envidiosa del pueblo entero y del odio sin razón que su hermana menor sentía hacia la recién llegada. Cuando su prima regresó a su país él lloró a escondidas durante muchas noches, tanto es así que por pena, su familia y algún vecino que había conocido de cerca a su tío, lo ayudaron a organizar un viaje tan inédito como inimaginable; pero él seguía creyendo que nadie notaba su duelo, producto del acuerdo tácito de ese pueblo donde lo que no se nombraba desaparecía. Unos días antes ella había conocido a un extranjero que le interesaba mucho, pero debido a la inminente llegada de su primo desde el viejo continente, tuvieron que posponer la primera cita al menos una semana para que pudiera oficiar de buena anfitriona; luego verían cómo hacer para encontrarse al menos un par de horas. Había tomado unos días libres porque su pariente no hablaba el idioma y además tenía mucho vértigo de salir solo, tomar un medio de transporte público o hablar con la gente, así que debía asistirlo en todo y oficiar de intérprete cuando era necesario.

Una noche, cuando el extranjero llamó, ella le dijo a su invitado que saldría con un amigo, que se acostara y que se verían por la mañana. Él quedó devastado, lloró varias horas quedamente oliendo la almohada de ella y recorriéndole las sábanas. No comprendía cómo salía de noche con un desconocido que podría hacerle quien sabe qué. En su cabeza no cabía la posibilidad de que una mujer consienta de buena gana ciertas cosas, a menos que fuera una ramera. Durante los 25 días que duró la visita, las salidas nocturnas de su prima se repitieron tres veces, y una noche el desconocido cenó con ellos y se quedó a dormir.

Él se mantuvo despierto tratando de descifrar los sonidos, hasta que exhausto se durmió. A la mañana siguiente el extraño se había marchado y su prima estaba lista para llevarlo a otra excursión turística. El desasosiego lo invadía, la miraba sin comprender su desaprensión y falta de culpabilidad ¡si hasta parecía contenta! Esa noche no fue mejor que el día y no pudo dormir. Si bien el forastero no volvió por allí, su prima salió una noche más, aunque él sospechaba que con uno diferente. La angustia lo carcomía encerrado en la habitación de huéspedes.

La escuchó volver y acostarse mientras él contenía la respiración; vio la luz apagarse y reconoció el sonido del sueño profundo. Igual que otras noches, se acercó a mirarla, y con la conciencia del deber cumplido -como aquella vez en el campo cuando disciplinó a su hermana menor- le tapó la boca con la mano y se le echó encima.

Alejandra – Diciembre 2008


Ultimo aggiornamento Mercoledì 17 Febbraio 2010 11:34
 

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